. . . Alma mía. Déjame ser en ti. Mira a través de mis ojos. Contempla las cosas que has creado. Mira... cómo brillan...




 

 

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     Un puro destello. Así cada momento que nos aguarde en este año que va a comenzar. Así seamos capaces de reconocerlo.

      Gracias por estar conmigo. Gracias por caminar junto a mí después de la lluvia. Y contemplar todas estas cosas…

           Feliz Navidad y Año Nuevo, desde lo mejor y más transparente de mí mismo.

 

 

 

 

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俳句

 

 

 

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sin perder su brillo

los pétalos de peonía

que derribó la lluvia

 

 

 

 

 

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俳句

 

 

 

 

no deja de temblar,

entre hilos de seda

una hoja de bambú

 

 

 

 

 

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俳句

 

 

 

 

 

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apenas sale el sol,

sobre la casa de Ukon-san

la sombra de mi casa

 

 

 

 

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俳句

 

 

 

la tarde y su quietud,

en la calle del mercado

sólo el brillo de escamas

 

 

 

 

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俳句

 

 

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ahí siguen

las pequeñas bayas rojas

tras la tormenta de anoche

 

 

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日本の心 nihon no kokoro

 

Vine desde tan lejos para ti… Desde tan lejos… Desde los confines de mí mismo. Y yo pensaba que aquí me encontraría. En ti. Pero tú no estabas. Vine por ti, sólo por ti, para encontrarme contigo. Y no estás…

 

Hace un par de días almorzaba con una amiga, una mujer japonesa encantadora que me ayuda en todo, que a veces pareciera que me ha adoptado como hijo propio. Bromeamos como siempre. Ella es alumna de mi clase de español. Es la que organiza a todo el grupo de hecho, una veintena más o menos. Habla un poquito español, chotto, como dice ella. Yo soy alumno suyo en tantas cosas… Aprendo conversación en japonés y palabras nuevas. Y aprendo a tener algo que decir cuando hablo, y cosas nuevas. Siempre aprendo algo nuevo con ella.

Nos reunimos para almorzar, corregir unos ejercicios de español y preparar la próxima clase con el resto de las alumnas. No sé por qué le pregunté por el haiku japonés en la actualidad. Pregunta obvia desde quien viene desde tan lejos contando que escribe haiku. Bueno… Su mano hizo un gesto muy expresivo, hacia abajo. Tampoco me sorprendió mucho. Malos tiempos para la lírica, como decía alguien, corren en todos los sitios. Yo le intentaba explicar con mi japonés de preescolar que en España, en Europa en general, pasa algo parecido con la poesía y otras artes.

Ella me miraba. Conozco ya esa mirada. Me está diciendo sin decir: “no te estás enterando…” Del japoñol pasamos al inglés porque la conversación se iba complicando. “¿Qué es lo que no está bien?” decía yo.  Si por algo admiramos Japón aquí en mi tierra es porque cuida sus tradiciones, porque compagina lo moderno con lo antiguo. Por su gusto refinado en el aprecio de las viejas costumbres…

-La gente no piensa en eso. La gente en la actualidad es diferente. Ha cambiado.

¿Ha cambiado? Claro. También en España. Es, somos, materialista y obtusa. Pero aquí en Japón sabéis apreciar otras cosas. tenéis palabras como wabi-sabi, aware, shibui… que nosotros ni siquiera fuimos capaces de inventar, que no somos capaces de llegar a comprender realmente. Tenéis artes tradicionales que son admiradas en todo el mundo como símbolo de refinamiento y elegancia.

Del inglés hablado pasamos al inglés escrito. Aquello se iba complicando. Mientras tanto nos trajeron los sandwich, el café. Delicioso todo. En un cuaderno, el de los ejercicios de clase, me iba escribiendo lo que quería decirme.

-El corazón de Jápón se muere porque a la gente no le importan esas cosas. La gente no sabe lo que es el aware ni un verdadero haiku. La gente vive aquí, ahora.

“Aquí y ahora”… pensaba yo… es paradójico comprobar qué diferentes pueden llegar a ser un ahora de otro, un aquí de otro. Lo único que nos hace libres es lo que puede encadenarnos de por vida. Sin ni siquiera darnos cuenta. Sólo nuestra mente, nuestro corazón, puede hacer de este mundo el paraíso. O el infierno. Aquí y ahora en el sentido más ramplón y lamentable. Aquí y ahora de un egoísmo ignorante, feo.

No, no. Aquí nació el haiku, y el tanka. Y el sumi-e y la ceremonia del té. Aquí he conocido personas que en su alfarería modelaban sus obras con ceniza de volcán. He visto tradiciones de mil años y mil años de refinamiento en un sólo gesto.

-Más allá de todo eso. Antes. Había un corazón del que nació todo. De ahí también manó el haiku. De esa fuente que se extingue.

Lo decía tan sería. Ella, la alegría personificada. Cuando leí su nota nos quedamos silenciosos. Yo vine aquí buscando ese nihon no kokoro que ahora me dicen que se muere. Pero yo lo he visto... Estoy seguro de que lo he visto. En la gente y su bondad, en los caminos y los arrozales. En los campos de té. Lo he visto en las montañas y los santuarios shinto. En el mar. En las tiendecitas de barrio y en los pequeños jardines que adornan cada esquina. Lo he visto incluso en los cables eléctricos que compartimentan el cielo y en el shinkansen. En los onsen y los templos. Lo he oído latir en mitad de la noche, en el corazón del monje haciendo zazen junto a mí. Derramarse en un susurro sobre el bambú junto con la lluvia. Me deslumbró sobre mi mano cuando sostuve una luciérnaga, aquella noche, aquella bendita noche... Lo he olido en el incienso y los talleres de ramen. Incluso en el kuzu. Oh, ese corazón… cómo no va a vivir, si yo mismo lo probé hace un par de noches en aquel puñado de arroz de Kotaiji…

Agotado. Estoy agotado. Después de una semana de sesshin mis fuerzas están al límite. La ignorancia, el ego, la estupidez que vela nuestra verdadera naturaleza también ha acabado con el nihon no kokoro… ¿es posible? Y a ese enemigo nuestro de cada día sólo es posible vencerlo por agotamiento. Sólo así. Quien desfallezca antes, morirá. Le pregunto cómo se dice en japonés “agotado”.

Hay una tristeza que se transmite. Ella, su corazón, la transmitía en aquel momento. Nunca la he visto así. Yo, gaijin, allí con mi sandwich en la mano, aquel delicioso sandwich, de repente sentí ganas de llorar. En el hilo musical sonaba una canción navidaña en inglés de esas mil veces versionada.

-Después de luchar tanto buscando el corazón de Japón, tú deberías buscarlo en el interior de ti mismo.

Eso escribió. Bebí café. Sólo podía mirar por la ventana. Sólo podía pensar en todo lo que vi, lo que sentí, recorriendo esta tierra, esta extraordinaria tierra… Sólo podía pensar en aquel destello… ¿Es verdad que sólo lo soñé? ¿De verdad estaré asistiendo a la extinción de una manera de ser y de estar en el mundo? ¿De verdad el nihon no kokoro se muere para siempre? No es la primera persona que me lo dice...

 

Volviendo a casa, ya de noche y bajo la lluvia, con mis zapatillas caladas y una bolsa en la mano con una manta y un jersey que me dejó ella, no sabía si reír o llorar. Vaya Santokâ desubicado. Muerto de frío y mojado por la lluvia. Qué enriquecedor es leer ahora sus haiku. Comprendo tan bien la deslumbrante soledad de un corazón solo. Comprendo tan bien la desdicha de sólo saber escribir poemas y seguir tu propio camino hasta el final… Sí, qué bien lo comprendo ahora. Bajo esta lluvia que me cala el alma, sólo el sonido del agua… Buscando el corazón de Japón, el corazón de todas las cosas, mi propio corazón… Sin tener nada más. Sin poder hacer otra cosa. Hasta el confín de todo, hasta el agotamiento más puro…

En esta lluvia… en esta lluvia…

Nihon no kokoro… anata wa koko ni imasu ka

 

 

 

 

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俳句 haiku

 

 

 

 

 

con toda claridad,

el sonido de la lluvia

en plena noche

 

 

 

 

 

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晧臺寺 Kotaiji

 

 

 

 

 

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晧臺寺 Kotaiji II

 

Tomando el sol sentado en las escaleras del templo una mariposa viene revoloteando hasta el borde de mis pies. Sí, no, no, sí. Se posa justo a mi lado. Cuando abre las alas un color púrpura intensísimo brilla un instante a la luz del sol. ¿De qué especie será? ¿Cómo se llamará? ¿Habrá en España…? De pronto esas preguntas me parecen absurdas. Y sólo puedo mirarla. La brisa, tan suave, hace temblar sus alas, todo su cuerpo, como si apenas pesara. Qué pesado y torpe me siento de pronto. Por un momento quisiera ser algo parecido a esto que contemplo, esta apenas nada sin nombre que vibra con la más ligera brisa y brilla en el pálido sol del invierno. Sólo un instante. Sólo eso.

En el dojo la luz de la tarde entra por todas partes. En el pasillo que lo circunda, entre zazen y zazen, me gusta sentir el calor del sol a través de los ventanales blancos. No veo el exterior pero siento todo el calor del sol. Y del tatami su tacto y su olor. Y de estas baldosas antiguas la insinuación de tantos pasos. Kinin. Sólo medio paso cada vez. Todas las cosas están aquí. En este paso minúsculo que apenas avanza nada. Al volvernos a sentar los pies del prior muestran sus callos sobre el tatami.

De nuevo sobre las escaleras del templo un gato se acerca a mí ronroneando. Lo acaricio. Estaría mil años aquí… pienso. De vez en cuando, no sé por qué, una hoja de cerezo cae, de rama en rama, sí, no, no, sí… hasta el suelo. Los jardines se llenan de hojas de cerezo, de momiji, de mukuge, de buganvilla… mil años aquí… sonrío mientras acaricio al gato. Blanco, con manchas marrones y grises. Ronronea. Y se va. Adiós. Adiós, hasta la vista. Abro mis manos y se llenan con el último calor de esta tarde de invierno.

A las 3:40 de la madrugada las nubes se adivinan grises en el cielo de la profunda noche. Kotaiji es apenas una sombra. Dentro del dojo el silencio brilla en esta noche heladora. Té de genjibre, el ritual de vestir el kesa, sutras… somos sombras. Somos apenas sombras aquí sentados en zazen mientras la noche es día y el silencio sonido, y palabra. ¿Qué busco? ¿Qué encuentro?

Caminando por los jardines del templo el aire frío arranca las  hojas de los cerezos y me atraviesa como si yo mismo sólo fuese seda de araña. Hay en mí algo que ni yo mismo soy capaz de ver. Lo intuyo como el sol sobre la tormenta. A veces brilla un instante como las gotas de lluvia atrapadas en una tela que no veo. Con un destello tan puro, oh, tan puro… Daría todo lo que soy, lo que fui, lo que seré, por sentirlo brillar una vez más sobre mi piel. Como lluvia.

Descalzo sobre el tatami me doy cuanta de que tengo una herida en mi pie izquierdo. De repetir y repetir el zazen. ¿Cuánto tiempo llevo aquí'? ¿Mil años? El grito de un zorzal rasga el aire. No hay nada. Nada en absoluto. Mi respiración se llena con todo el aire del mundo, después lo deja ir. Mi alma se resquebraja en este mismo instante.

Al salir del dojo una hoja de cerezo sobre mis zapatos. Tan roja…

Mi corazón vibra pálido en el viento del atardecer. Todas las hojas que no dejan de caer entre la lluvia... Somos agua ya tan sólo. Qué blancura la del cielo más allá de las tumbas que ascienden ladera arriba, detrás del templo. Qué blancura tan terrible, tan hermosa…

 

La última noche de sesshin es heladora. Siento como mis pies se enfrían y se enfrían sobre el tatami durante el zazen. Al descruzarlos me duele todo. El monje más viejo se acerca a la estufa. Toco la madera antigua de las vigas y el joen, lisa, fría. Caminamos en shasshu, con las manos y el espíritu recogidos, durante el kinin. Una vez más. Un paso más. Allá, más allá. Más allá de todo.

En plena noche, durante el zazen, de pronto el sonido de una campana llega desde afuera. Se va haciendo más intenso. Se abren las puertas del dojo y el aire puro y frío de la noche entra junto al sonido claro de la campana. Llega desde otro de los pabellones del templo. Ahora le contesta el han. Aquí, en el dojo. Bronce y madera se alternan en un diálogo que va ganando ritmo hasta concluir en un sonido que lo llena todo. Y después el silencio. Y después el viento.

 

Durante la ceremonia final, en el templo principal de Kotaiji, con todos los monjes, los roshi, el prior… sentado en seiza sobre el tatami pensaba qué había hecho yo para merecer aquello. Quién era yo para estar allí, como uno más desde el principio, gracias a esta gente tan extraordinaria. Envuelto en el sonido de los tambores y las campanas, sostenido por el ritmo de sutras y dharanis. Un privilegiado. Eso es lo que soy. Un privilegiado. Más aún por darme cuenta de que lo soy.

Al final, para la prosperidad del nuevo año, una pizca de arroz hervido sobre la palma de una mano. Y la otra en señal de bendición. Aquel arroz tenía el sabor más luminoso que he probado nunca.

 

de vuelta a casa

pisando los charcos

sin saber por qué

 

 

 

晧臺寺 Kotaiji I

 

A solas con el misterio. Tocando el corazón de las cosas…

Es curioso, cuando empecé a escribir en mi primer blog lo hice también sobre un sesshin. Varias veces lo haría en lo sucesivo. Como si sólo desde el silencio, desde el más profundo de los silencios, fuese capaz de atreverme a decir algo.

Entonces mu. Ahora sólo un destello.

Primavera, invierno… Decir las cosas sin nombrarlas. Sentirme a mí mismo, sin mí. Lo más verdadero de mí mismo… ¿estás ahora, aquí? ¿te veré al alba? Alma mía…

Kotaiji. Kotaiji es un templo soto zen, apenas a trescientos metros de Kofukuji, donde vivo. Kotaiji… Más allá de sus muros de quinientos años, de sus esculturas magníficas y sus jardines, Kotaiji es la gente que lo habita. Su serenidad, su amabilidad. Quizá todo consista sólo en eso. En la serenidad, en la amabilidad con uno mismo y los demás. En la paz. Pero Kotaiji es algo más aún que todo eso. Los muros de Kotaiji existen sólo para guardar el vacío. Un vacío tan profundo, tan claro… Tanto que con el más pequeño destello se llena de luz.

Voy y vengo entre mi templo y Kotaiji. A veces llueve, a veces sale el sol. A veces ni lluvia ni sol, ni despejado ni nublado. Sólo una luz entre el sol y la lluvia. Una luz extraña, sin sombras, una luz ligera que flota sobre los charcos y los estanques, junto al reflejo de las nubes.

Las grandes hojas de mukuge se llenan de lluvia. Amarillean el aire con su resplandor. Sobre el suelo el borde amarillo se vuelve ocre, después negro. Tan lentamente que nadie se da cuenta.

Rohatsu sesshin. Una semana para encontrarme frente a frente con la nada. Sentado en zazen, aquí, sobre el zafu y tocando con mis pies descalzos el tatami, en este lugar de madera antigua y profundo silencio, puedo escuchar ahora el sonido de la lluvia, afuera. Incesante. Mi respiración.

En la calle una mujer mayor lleva entre las manos, bajo el paraguas, hojas de ginkgo, tan amarillas… Lavadas por la lluvia. Cerca de mi casa entre las ramas de un árbol una tela de araña apenas visible. La araña y las gotas de lluvia, junto a ella, parecen flotar en el aire. Me acerco un poco, pero desaparecen. Alzo la mirada, siento una finísima lluvia sobre la piel. Cierro los ojos. Al abrirlos de nuevo la araña y las gotas de lluvia. Detrás el cielo tan blanco.

La lluvia arrecia fuera. Su sonido se entrelaza con el recitado de sutras. Las voces de los monjes se superponen, se relevan sin un plan preestablecido. Van y vienen, suben y bajan como el sonido de la lluvia que lo llena todo. Leyendo el furigana como puedo una fuerza sutil me sostiene envuelto en la tormenta y mi voz es una más que va y viene, y sube y baja, y vive en este lugar. A veces me quedo sin aliento. Callo para coger aire. Las demás voces, una sola voz, continúa incesante. Un monje joven pierde el hilo, mira a su compañero de reojo. Sentado en zazen sonrío mientras el agua continúa recitando sutras.

Suenan unos truenos larguísimos. Su eco parece rodar y rebotar por los valles de toda Nagasaki. El sonido de la lluvia que cae pesadamente, el maullido de un gato, llegan entrelazados hasta el dojo. Los relámpagos se adivinan en el cambio de intensidad de la luz aquí dentro. Al final del zazen los restos de las barritas de incienso, ofrenda a Buda, se retiran y se echan a un recipiente con agua. Apenas un roce entre el fuego y el agua. Un pequeñísimo sonido. Una brizna de humo. Afuera la tormenta continúa.

En la noche oigo el ruido del río Nakajima al cruzar un puente. Tras la tormenta sus aguas bajan crecidas y revueltas. No veo las carpas pero sé que están ahí. En alguna parte. Las aceras están cubiertas del amarillo de los ginkgos. De la catenaria del tranvía saltan chispas que brillan en el aire húmedo de la noche. Caminar sobre la brillantez de la calle, de todas las cosas, da miedo. Es tan sencillo todo. Es tan simple absolutamente todo…

¿Junto a mi casa estará el sapo? Hace unas semanas, cuando también llovió y llovió todo el día, él estaba allí, plantado mirando con ojos fijos la noche. Me acerco despacio. Con miedo de hacerle daño si no lo veo. Hay poca luz aquí junto al templo... ¡Sí! ¡Ahí está! Es enorme… Reluce bajo la mortecina luz de una farola. Está justo donde el otro día. Junto al muro. Quizá lleve viviendo aquí años. Ahí sentado, mirando fijamente hacia la casa de Ukon san. ¿Qué piensas vecino? ¿Tú también estás de rohatsu sesshin? Te sientas muy bien, ¿lo sabías? Contemplo un rato el brillo de la lluvia sobre su cuerpo silencioso. No se mueve lo más mínimo. Saludo en gassho y sigo mi camino.

 

tras la tormenta

qué difícil no pisar

hojas de ginkgo

 

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無くなる nakunaru

Las flores son siempre hermosas. Aunque sean el regalo para un enfermo terminal.

Qué tristeza. Qué manera de estar triste es ésta que yo ni siquiera conocía.

Cuando Izumi, el cocinero del templo, me dijo casi con señas sólamente que Ukon-san había muerto la noche anterior no supe qué decir, qué pensar. Qué hacer. Recuerdo mirar y mirar por mi ventana, hacia su casa, y sólo ver su casa. Su casa. Qué vacía su casa. Y la lluvia…

El funeral. Bueno. Esas cosas que no conozco. Al fin y al cabo soy un extranjero aquí. Un gaijin. Sólo eso. Los mantras recitados una y otra vez por los bonzos. Las flores. Las palabras que no conozco. Todo eso….

Recuerdo a Ukon–san hablando conmigo de Santôka. En un café. Lo recuerdo tan perfectamente que podría dibujarlo. Su sombrero, su sonrisa, sus palabras. Y su silencio. Qué risas nos hacíamos.

Flores para Ukon-san. Para Akio, mi amigo.

El otro día, en el hospital, cuando me vió, sólo dijo “Fueriksu, Fueriksu…” Abrió los ojos. Como platos. Y los míos se abrieron, no sé cómo. Su mano en mi mano y ya nada. Su mano, qué delgada. Qué vacía de huesos. Qué mano sobre la mía. Tembló. Sí. Tembló mi mano en su mano. Y mis ojos… Los ojos tiemblan. A veces…. Sin poder ver a Ukon-san. A aquel Ukon-san. Qué triste. Qué tristeza tan profunda…. Cómo se dirá en un idioma que no sé “la tristeza”. Así, sin adjetivos. Sin paliativos.

Hospitales. Flores de plástico. Máquinas expendedoras de todo lo que quieras. De todo menos lo que de verdad que quieres. Jamás olvidaré ese olor. Hospital. Hospital. Hospital. Podría repetirlo hasta morir yo mismo. Y aquella luz. Qué luz… Qué hacía aquella luz allí. Era tan limpia. Era tan cristalina aquella luz que yo no sabía ni qué hacer. Otra vez…

Qué hacer. Qué puedes hacer cuando buscas palabras para decir la nada. Qué puedes decir cuando buscas una sombra donde no la hay. Aquella luz… Oh, dios mío, aquella luz….

Busco una parada de autobús. Busco. Qué. Nada. Hay un monte cerca, se llama Atago. No sé. Camino, sin más. Busco algo vivo, algo donde descansar. Sólo en lo vivo puedo descansar. En la piedra. Allí, en la piedra ajena a las leyes de todos nosotros, ajena a mí mismo por fin paré.

Oh, Ukon-san. Aquí las flores son flores, no plástico. Aquí las arañas tejen sus telas entre árboles de verdad, como a ti te gusta, y las hierbas sólo son hierbas, y se mueven con el viento de Nagasaki. ¿De dónde viene este viento que mueve mi corazón? Aquí podemos reír y guardar silencio. Aquí, querido amigo, podemos hacer nada.

La luz que viene a mí sólo atraviesa las hojas de los árboles. La seda de las arañas. La pureza nos envuelve. ¿No lo ves tomodachi? Aquí somos lo que somos. Aquí no morirás nunca. No, aquí no morirás nunca, lo sé.

Mantras. Una y otra vez. Bonzos. Campanas. Ceniza. ¿De verdad estás ahí amigo? Yo no te veo. No puedo. Sólo soy un gaijin aquí. Wakarimasen.

Podría decir tantas cosas de ti para no decir lo que de verdad importa…. Te echo de menos. Sólo eso. Qué más puedo decirte. En el monte Atago, después de verte en el hospital, ya te echaba de menos. Lloré. Sí, lloré, cuando nadie miraba salvo las arañas suspendidas de su trabajo o el viento libre de todo. Lloré porque no siguieras conmigo. Porque tu mano estaba tan llena de nada…. Oh… tu mano…. Tan igual a la de mi padre…. Nunca la olvidaré…

El otro día un gato se coló por una de tus ventanas. Debería avisar al prior, lo sé. Pero no lo hago. Sólo miro. Entra y desaparece. La luz del sol.

Un recién llegado soy. Lo sé. Pero ya las arañas tejen sus telas en mi balcón y los sapos miran la luna desde mi puerta. El mukuge florecerá en primavera y el kuzu no ki extenderá su sombra sobre mi casa. Y la tuya…

Y tú no estás.

Nakunaru. Convertido en nada. Creo que es lo que me dijo Izumi, casi por señas. ¿De verdad te has hecho nada? ¿Es posible? Nada… ¿Pero no lo somos ya Ukon? Ukon… Akio, amigo mío...

¿Sabes? En el hospital vi flores de plástico pero en el monte Atago vi las de verdad. Las que se huelen, las que se tocan. En el monte Atago vi tu nada. Y era tan luminosa… oh… esa luz… dios mío… de dónde venía esa luz….



sólo la lluvia…

la casa de Ukon-san

se hace nada





興福寺 Kōfuku-ji

 

 

Aquí, sin más. Kōfuku-ji. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué me trajo a este lugar? ¿Qué es Kōfuku-ji? Más allá de lo que cuenta su página web, de sus cuatrocientos años de historia, de su patrimonio artístico y cultural, ¿qué es Kōfuku-ji?

Es una escalera de piedra, desgastada, con musgo y verdín, que lleva a mi casa. Mi casa… Qué extraño decir “mi casa” a quince mil kilómetros de mi casa. Qué extraño vivir en una obra de arte. Qué extraño el viento que suena a viento, tan sólo a eso. ¿De dónde vendrá este viento tan vacío de todo?

 

      El viento sopla donde quiere, oyes su sonido, más ni sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que nació del espíritu.

 

Kōfuku-ji es el bambú que veo por mi ventana y el viento que lo mueve. Es la lluvia y su sonido. Y un gato atigrado que se pasea de vez en cuando por aquí. Es el mukuge que pierde sus hojas y las flores amarillas de nombre desconocido que mantienen su color. Tantas flores y tantos nombres que desconozco…

Este lugar es lo que no conozco.

Mi Kōfuku-ji es un asombro. Un destello. Es un silencio.

Es curioso. Cómo el silencio también pierde su brillo. Y uno acaba guardando los relojes porque hacen “demasiado ruido”. Y porque el tiempo… el tiempo…

¿Cuánto tiempo se necesita para contemplar la lluvia? O para escuchar el sonido del viento entre el bambú. ¿Cuánto tiempo aguardará la araña sobre su seda, suspendida del cielo? ¿O cuánto tiempo necesita una gota de agua para desprenderse de la hoja que la sostiene tras la lluvia? ¿Cuánto tiempo para contemplar la nada? ¿Cuánto tiempo para nombrarla?

Un día, tras  una noche de lluvia, la araña que vivía en mi ventana desapareció. Pasé tanto tiempo mirándola, allí, sin hacer nada, ella y yo, que llegué a creer que siempre estaría allí. Siempre… Cómo me traiciona siempre ese “siempre”. Qué fácilmente adjudico un “siempre” a las cosas que mi corazón sabe que no duran...

Justo tras esa seda que se llevó la lluvia puedo ver la casa de Ukon-san. Es una casa, sólo una casa. Era su taller. A veces mojada por la lluvia va cambiando de color. Y yo la miro. La miro en silencio desde mi casa sin relojes.

Kōfuku-ji… Qué manera de ser yo mismo sin mí. Sumergido en este silencio de siglos he caminado a lo largo de mi vida una y otra vez. Y el viento, afuera, sin saber a dónde va, de dónde viene.

 

Caminando en silencio. Oyendo el brillo de cada cosa. De cada acontecimiento. El sordo chasquido de la calabaza que parto con el cuchillo. Esa que me regaló el prior. Tan gorda, tan llena de sí. El tenue sonido del shamisen que alguien tañe en una casa vecina. Tan tenue que se entremezcla con el sonido del viento. Entre el bambú. Oigo el sonido del agua que gotea en alguna parte, de la madera que cruje de pronto, de la sirena de un barco, del aleteo de un pájaro, de mis propios pasos, de un papel que roza otro papel… y cuando todo, todo calla, oigo el sonido de mi propio corazón. Mi corazón de niño rozando con algo… algo que no sé lo que es, que es nada, sólo brillo…

Shōnen no kokoro… corazón de niño… como a veces me llaman por aquí. Es gracioso. Basta olvidar para encontrar. Sin nombres. Sin darme cuenta he olvidado recordar los nombres de las cosas. Contemplar las cosas por primera vez siempre es asombroso. Estrenar los ojos en cada mirada, renovar la piel con todo lo que tocas. Este mundo nuevo hace nuevo mi corazón. Olvidarse, olvidarse… Soltar las manos, sin miedo, y dejarse llevar.

Me gustan los pajarillos que no tienen nombre y vienen a revolotear frente a mi ventana. Me gusta su alboroto y su pequeñez. Me gusta que un gato viejo y rechoncho se tumbe sobre el tejado de la casa de Ukon-san en los días soleados de invierno. Me gusta su tranquilidad y su elegancia. Me gusta mirar cada noche que llueve si el gran sapo ha salido una vez más a sentarse bajo la luz del farol. Me gusta su piel brillante bajo la lluvia y sus ojos muy abiertos. Me gusta ver que algunas arañas aún aguantan pase al frío. Me gusta no ver sus telas porque parece que flotan en el aire y me gustan porque se parecen a la pequeña Tecla, con sus colores brillantes, amarillo, negro, blanco… la pequeña Tecla, tan delgada ella, que se fue con la lluvia…

Cómo me gusta estar. Cómo me gusta ser.

 

Kōfuku-ji es un alcanforero, enorme, que extiende sus ramas sobre las tumbas que ascienden por la ladera de la montaña. Es ceniza. Es olor a incienso y a tierra mojada por la lluvia. Es el brillo de las hojas de ginkgo, tan amarillas, que arrastra el viento. Y el color rojo de sus templos de madera. Vigas combadas por la bomba que no pudo derribarlo. Tejas grises que apuntan al cielo, tan vacío. Tan vacío…

La lluvia que comienza de pronto a caer en plena noche. El grito de un milano que sobrevuela el río. Los papelitos con omikuji anudados a las ramas, para que la propia naturaleza transmute el porvenir. El caparazón de un imago de cigarra que una noche quedó prendido entre el bambú, y hoy, no sé por qué, cayó al suelo, junto a mi casa.

Es una flor que compré hace tiempo y se marchita en un jarroncito, sola, en el alfeizar de mi ventana. Es el sabor del té y la nostalgia de la primavera. Una mañana sin sol y el sol de la tarde entrando hasta el fondo de mi corazón.

Este lugar que es lo que no conozco... Lo que conocía y había olvidado. Este lugar que es lo que sé desde siempre.

Kōfuku-ji… es quizá sobre todo un estado del alma. De ese alma que es mi alma y todas las almas. Que va donde quiere. Que oigo tan claramente.

¿A dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Dónde naciste Tú, de lo que todo nace?

 

 

 

 

 

todo el día en silencio,

sólo el viento en el bambú

sólo el viento….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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雲仙 Unzen

 

Té y ceniza

 

 

hoy, aquí,

la ceremonia del té

y el olor del tatami...

 

Aquí, hoy. Y esta luz que brilla en el borde mi taza. Quizá es eso, la luz, esta luz, esta luz de Unzen, de las cumbres entre nubes que es lo que significa Unzen. Sí, me lo han dicho. Este lugar misterioso. Este lugar que huele a azufre y te sostiene en la cima de las montañas. De las montañas que son volcanes junto al mar. Del mar que no veo. Más allá de las nubes.

Son unos amigos de un amigo que vive junto a un profesor que vivirá en un templo. Sí. Así es. Es una casualidad, es un misterio. Es un misterio el que nos trajo aquí sobre el tatami y nos envuelve como el aire.

Ishikawa san maneja los tazones con la precisión de mil años. El cazo de madera recoge el agua caliente de la olla y la vierte en mi taza sin asa. Suena un toc sordo cuando lo deja reposar con sumo cuidado, boca abajo, sobre el borde de la olla. Cada cosa, cada no cosa, cada movimiento y su quietud tiene su nombre. Lo sé. Lo sé y ya no importa.

Mi mente se enreda en palabras que dejan de ser. Mi mente se rinde ante el rito antiguo que se recrea ante mis ojos.

Sobre mi mano izquierda sostengo el tazón fabricado en esta misma casa. El padre de la señora Ishikawa, alfarero también, Tesoro Nacional Viviente, recogía la ceniza del volcán depositada sobre las hojas de las plantas para hacer estas piezas. Miro. Lo giro ciento ochenta grados con mi mano derecha. Miro. Bebo un sorbo. Desde el fondo del tazón un brillo fugaz.

El té y su sabor amargo, sólo un instante en mi boca. El té en polvo batido que brilla verde como los lagos sulfurosos de esta tierra.

Sólo puedo contemplar este momento en el que mi corazón se asombra ante la pura elegancia de tanta sencillez.

Wabi-sabi. ¿Será eso? ¿Será que no sé nada y que simplemente me fascina?

Dejo mi taza sobre el tatami, frente a mis rodillas. Contemplo a mis pies toda la soledad de esa ceniza del volcán hecha obra de arte. Su brillo es metálico, incomprensible. Sólo el silencio. El silencio que se oye en el borboteo del agua caliente, en el viento o en su ausencia.

Rozo con mis dedos el suelo de brillante hierba entrelazada. Me demoro en ese roce terso de este suelo ni verde ni amarillo que huele a llovizna, que llega hasta el cráter hondo de mi corazón y lo conmueve. Y no entiendo por qué. Y mi mano, sin intención apenas, vuelve a mi regazo. Sobre mi otra mano, que sostiene nada.

Quizá mis compañeros estén tan sobrecogidos como yo. No lo sé. Sin moverse la tierra está temblando bajo nosotros. Nosotros, pura casualidad sobre el volcán. Asistimos a algo que no acabamos de entender. Que nos fascina quizá por eso. Que nos sobrecoge quizá por nuestra lejanía.

Bajo la mirada. Mano sobre mano, sobre mi regazo. Y arrodillado en la cumbre entre las nubes la siento. Siento ahora la lejanía de mi corazón, ceniza sobre las hojas, que no pertenece a este lugar y sin embargo… sin embargo…

 

 

borbotea el agua

en total soledad

contemplo esto

 

伊王島 Iōjima

 

Sobre la Playa

 

Sé que esto no es haibun porque lo recuerdo. Recuerdo que no es un haibun porque en un haibun no hay que recordar sino decir. Decir, recordar, vivir, callar…

Recuerdo como se llama aquella isla de la bahía de Nagasaki porque su nombre, Iojima, se parece a Iwojima, esa famosa isla de la batalla de la Segunda Guerra Mundial y tantas películas.

Iojima... Es curioso. Recuerdo el viento. Recuerdo el viento porque se enredaba, (no, esa es una palabra demasiado manida) me atravesaba, sí, el viento atravesaba mi pelo y mi cuerpo entero, me atravesaba hasta blanquear mis huesos literalmente, mientras me dejaba llevar cuesta abajo, sin pedalear, junto al acantilado. Una cuesta suave, con magnolios y kuzu a un lado y el mar y su vacío al otro.

Qué blanco parecía el horizonte allí, al final de la carretera, más allá del azul. Lo recuerdo porque un milano, oscuro, volaba justo a mi lado. No, en realidad no volaba. Planeaba, o se dejaba llevar, cuesta abajo, sin esfuerzo, justo a unos metros de mí, sobre el vacío, sobre el mar.

Recuerdo parar y sacar mi cámara. Y nada. Y pedalear. Y volver a parar, y nada, y así, así hasta desistir. Y rendirme a la gravedad de los acantilados junto al mar. Y dejarme llevar.

 

Ahora no recuerdo.

Ahora veo nuestras sombras balancearse sobre la marea que se retira. Oigo las risas de alguien que resbala en el verdín de las rocas y de otro que camina descalzo entre las lapas.

Sí, sólo debo dejarme llevar…

Todavía hoy puedo tocar el mar mientras toco el aire, y sentir la suavidad de las anémonas recogidas, muy quietas, brillantes, bajo las rocas. Y entre mis pies descalzos, aquí sobre el parqué, sentir la arena que cediendo a mis pisadas se ondulaba bajo el agua. Mis pisadas sorteando caracoles marinos. Mis fugaces pisadas entre las olas que ya se llevan las conchas vacías, tintineando, y mis huellas cargadas de arena…

Recuerdo sin recordar que el sol iba y venía sobre las olas. Y que en el fondo, en el pequeño fondo porque apenas el agua llegaba a mis tobillos, la arena dibujaba ondas bajo las olas o las olas serpenteaban sobre la arena. Y los milanos volaban sobre nosotros y nuestras risas.

Que iban y venían.

Y recuerdo nuestro silencio. Sobre todo recuerdo nuestro silencio. Nuestro silencio sobrecogido bajo las alas del milano y entre las olas de la playa. El luminoso silencio de una mañana de sol sobre el mar.

 

 

sólo las olas…

toda nuestra pureza

sobre la playa

 

Y yo ahora debería escribir un haiku, recuerdo…