. . . Alma mía. Déjame ser en ti. Mira a través de mis ojos. Contempla las cosas que has creado. Mira... cómo brillan...




晧臺寺 Kotaiji I

 

A solas con el misterio. Tocando el corazón de las cosas…

Es curioso, cuando empecé a escribir en mi primer blog lo hice también sobre un sesshin. Varias veces lo haría en lo sucesivo. Como si sólo desde el silencio, desde el más profundo de los silencios, fuese capaz de atreverme a decir algo.

Entonces mu. Ahora sólo un destello.

Primavera, invierno… Decir las cosas sin nombrarlas. Sentirme a mí mismo, sin mí. Lo más verdadero de mí mismo… ¿estás ahora, aquí? ¿te veré al alba? Alma mía…

Kotaiji. Kotaiji es un templo soto zen, apenas a trescientos metros de Kofukuji, donde vivo. Kotaiji… Más allá de sus muros de quinientos años, de sus esculturas magníficas y sus jardines, Kotaiji es la gente que lo habita. Su serenidad, su amabilidad. Quizá todo consista sólo en eso. En la serenidad, en la amabilidad con uno mismo y los demás. En la paz. Pero Kotaiji es algo más aún que todo eso. Los muros de Kotaiji existen sólo para guardar el vacío. Un vacío tan profundo, tan claro… Tanto que con el más pequeño destello se llena de luz.

Voy y vengo entre mi templo y Kotaiji. A veces llueve, a veces sale el sol. A veces ni lluvia ni sol, ni despejado ni nublado. Sólo una luz entre el sol y la lluvia. Una luz extraña, sin sombras, una luz ligera que flota sobre los charcos y los estanques, junto al reflejo de las nubes.

Las grandes hojas de mukuge se llenan de lluvia. Amarillean el aire con su resplandor. Sobre el suelo el borde amarillo se vuelve ocre, después negro. Tan lentamente que nadie se da cuenta.

Rohatsu sesshin. Una semana para encontrarme frente a frente con la nada. Sentado en zazen, aquí, sobre el zafu y tocando con mis pies descalzos el tatami, en este lugar de madera antigua y profundo silencio, puedo escuchar ahora el sonido de la lluvia, afuera. Incesante. Mi respiración.

En la calle una mujer mayor lleva entre las manos, bajo el paraguas, hojas de ginkgo, tan amarillas… Lavadas por la lluvia. Cerca de mi casa entre las ramas de un árbol una tela de araña apenas visible. La araña y las gotas de lluvia, junto a ella, parecen flotar en el aire. Me acerco un poco, pero desaparecen. Alzo la mirada, siento una finísima lluvia sobre la piel. Cierro los ojos. Al abrirlos de nuevo la araña y las gotas de lluvia. Detrás el cielo tan blanco.

La lluvia arrecia fuera. Su sonido se entrelaza con el recitado de sutras. Las voces de los monjes se superponen, se relevan sin un plan preestablecido. Van y vienen, suben y bajan como el sonido de la lluvia que lo llena todo. Leyendo el furigana como puedo una fuerza sutil me sostiene envuelto en la tormenta y mi voz es una más que va y viene, y sube y baja, y vive en este lugar. A veces me quedo sin aliento. Callo para coger aire. Las demás voces, una sola voz, continúa incesante. Un monje joven pierde el hilo, mira a su compañero de reojo. Sentado en zazen sonrío mientras el agua continúa recitando sutras.

Suenan unos truenos larguísimos. Su eco parece rodar y rebotar por los valles de toda Nagasaki. El sonido de la lluvia que cae pesadamente, el maullido de un gato, llegan entrelazados hasta el dojo. Los relámpagos se adivinan en el cambio de intensidad de la luz aquí dentro. Al final del zazen los restos de las barritas de incienso, ofrenda a Buda, se retiran y se echan a un recipiente con agua. Apenas un roce entre el fuego y el agua. Un pequeñísimo sonido. Una brizna de humo. Afuera la tormenta continúa.

En la noche oigo el ruido del río Nakajima al cruzar un puente. Tras la tormenta sus aguas bajan crecidas y revueltas. No veo las carpas pero sé que están ahí. En alguna parte. Las aceras están cubiertas del amarillo de los ginkgos. De la catenaria del tranvía saltan chispas que brillan en el aire húmedo de la noche. Caminar sobre la brillantez de la calle, de todas las cosas, da miedo. Es tan sencillo todo. Es tan simple absolutamente todo…

¿Junto a mi casa estará el sapo? Hace unas semanas, cuando también llovió y llovió todo el día, él estaba allí, plantado mirando con ojos fijos la noche. Me acerco despacio. Con miedo de hacerle daño si no lo veo. Hay poca luz aquí junto al templo... ¡Sí! ¡Ahí está! Es enorme… Reluce bajo la mortecina luz de una farola. Está justo donde el otro día. Junto al muro. Quizá lleve viviendo aquí años. Ahí sentado, mirando fijamente hacia la casa de Ukon san. ¿Qué piensas vecino? ¿Tú también estás de rohatsu sesshin? Te sientas muy bien, ¿lo sabías? Contemplo un rato el brillo de la lluvia sobre su cuerpo silencioso. No se mueve lo más mínimo. Saludo en gassho y sigo mi camino.

 

tras la tormenta

qué difícil no pisar

hojas de ginkgo

 

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俳句 haiku

 

 

 

la tarde junto al río,

pela cebollas

de espaldas al sol

 

 

 

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俳句 haiku

 

 

entrando río arriba

la luz de la tarde,

hasta estas manos…

 

 

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無くなる nakunaru

Las flores son siempre hermosas. Aunque sean el regalo para un enfermo terminal.

Qué tristeza. Qué manera de estar triste es ésta que yo ni siquiera conocía.

Cuando Izumi, el cocinero del templo, me dijo casi con señas sólamente que Ukon-san había muerto la noche anterior no supe qué decir, qué pensar. Qué hacer. Recuerdo mirar y mirar por mi ventana, hacia su casa, y sólo ver su casa. Su casa. Qué vacía su casa. Y la lluvia…

El funeral. Bueno. Esas cosas que no conozco. Al fin y al cabo soy un extranjero aquí. Un gaijin. Sólo eso. Los mantras recitados una y otra vez por los bonzos. Las flores. Las palabras que no conozco. Todo eso….

Recuerdo a Ukon–san hablando conmigo de Santôka. En un café. Lo recuerdo tan perfectamente que podría dibujarlo. Su sombrero, su sonrisa, sus palabras. Y su silencio. Qué risas nos hacíamos.

Flores para Ukon-san. Para Akio, mi amigo.

El otro día, en el hospital, cuando me vió, sólo dijo “Fueriksu, Fueriksu…” Abrió los ojos. Como platos. Y los míos se abrieron, no sé cómo. Su mano en mi mano y ya nada. Su mano, qué delgada. Qué vacía de huesos. Qué mano sobre la mía. Tembló. Sí. Tembló mi mano en su mano. Y mis ojos… Los ojos tiemblan. A veces…. Sin poder ver a Ukon-san. A aquel Ukon-san. Qué triste. Qué tristeza tan profunda…. Cómo se dirá en un idioma que no sé “la tristeza”. Así, sin adjetivos. Sin paliativos.

Hospitales. Flores de plástico. Máquinas expendedoras de todo lo que quieras. De todo menos lo que de verdad que quieres. Jamás olvidaré ese olor. Hospital. Hospital. Hospital. Podría repetirlo hasta morir yo mismo. Y aquella luz. Qué luz… Qué hacía aquella luz allí. Era tan limpia. Era tan cristalina aquella luz que yo no sabía ni qué hacer. Otra vez…

Qué hacer. Qué puedes hacer cuando buscas palabras para decir la nada. Qué puedes decir cuando buscas una sombra donde no la hay. Aquella luz… Oh, dios mío, aquella luz….

Busco una parada de autobús. Busco. Qué. Nada. Hay un monte cerca, se llama Atago. No sé. Camino, sin más. Busco algo vivo, algo donde descansar. Sólo en lo vivo puedo descansar. En la piedra. Allí, en la piedra ajena a las leyes de todos nosotros, ajena a mí mismo por fin paré.

Oh, Ukon-san. Aquí las flores son flores, no plástico. Aquí las arañas tejen sus telas entre árboles de verdad, como a ti te gusta, y las hierbas sólo son hierbas, y se mueven con el viento de Nagasaki. ¿De dónde viene este viento que mueve mi corazón? Aquí podemos reír y guardar silencio. Aquí, querido amigo, podemos hacer nada.

La luz que viene a mí sólo atraviesa las hojas de los árboles. La seda de las arañas. La pureza nos envuelve. ¿No lo ves tomodachi? Aquí somos lo que somos. Aquí no morirás nunca. No, aquí no morirás nunca, lo sé.

Mantras. Una y otra vez. Bonzos. Campanas. Ceniza. ¿De verdad estás ahí amigo? Yo no te veo. No puedo. Sólo soy un gaijin aquí. Wakarimasen.

Podría decir tantas cosas de ti para no decir lo que de verdad importa…. Te echo de menos. Sólo eso. Qué más puedo decirte. En el monte Atago, después de verte en el hospital, ya te echaba de menos. Lloré. Sí, lloré, cuando nadie miraba salvo las arañas suspendidas de su trabajo o el viento libre de todo. Lloré porque no siguieras conmigo. Porque tu mano estaba tan llena de nada…. Oh… tu mano…. Tan igual a la de mi padre…. Nunca la olvidaré…

El otro día un gato se coló por una de tus ventanas. Debería avisar al prior, lo sé. Pero no lo hago. Sólo miro. Entra y desaparece. La luz del sol.

Un recién llegado soy. Lo sé. Pero ya las arañas tejen sus telas en mi balcón y los sapos miran la luna desde mi puerta. El mukuge florecerá en primavera y el kuzu no ki extenderá su sombra sobre mi casa. Y la tuya…

Y tú no estás.

Nakunaru. Convertido en nada. Creo que es lo que me dijo Izumi, casi por señas. ¿De verdad te has hecho nada? ¿Es posible? Nada… ¿Pero no lo somos ya Ukon? Ukon… Akio, amigo mío...

¿Sabes? En el hospital vi flores de plástico pero en el monte Atago vi las de verdad. Las que se huelen, las que se tocan. En el monte Atago vi tu nada. Y era tan luminosa… oh… esa luz… dios mío… de dónde venía esa luz….



sólo la lluvia…

la casa de Ukon-san

se hace nada





俳句 haiku

 

 

contra corriente

la blancura de las carpas

en plena noche

 

 

 

 

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興福寺 Kōfuku-ji

 

 

Aquí, sin más. Kōfuku-ji. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué me trajo a este lugar? ¿Qué es Kōfuku-ji? Más allá de lo que cuenta su página web, de sus cuatrocientos años de historia, de su patrimonio artístico y cultural, ¿qué es Kōfuku-ji?

Es una escalera de piedra, desgastada, con musgo y verdín, que lleva a mi casa. Mi casa… Qué extraño decir “mi casa” a quince mil kilómetros de mi casa. Qué extraño vivir en una obra de arte. Qué extraño el viento que suena a viento, tan sólo a eso. ¿De dónde vendrá este viento tan vacío de todo?

 

      El viento sopla donde quiere, oyes su sonido, más ni sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que nació del espíritu.

 

Kōfuku-ji es el bambú que veo por mi ventana y el viento que lo mueve. Es la lluvia y su sonido. Y un gato atigrado que se pasea de vez en cuando por aquí. Es el mukuge que pierde sus hojas y las flores amarillas de nombre desconocido que mantienen su color. Tantas flores y tantos nombres que desconozco…

Este lugar es lo que no conozco.

Mi Kōfuku-ji es un asombro. Un destello. Es un silencio.

Es curioso. Cómo el silencio también pierde su brillo. Y uno acaba guardando los relojes porque hacen “demasiado ruido”. Y porque el tiempo… el tiempo…

¿Cuánto tiempo se necesita para contemplar la lluvia? O para escuchar el sonido del viento entre el bambú. ¿Cuánto tiempo aguardará la araña sobre su seda, suspendida del cielo? ¿O cuánto tiempo necesita una gota de agua para desprenderse de la hoja que la sostiene tras la lluvia? ¿Cuánto tiempo para contemplar la nada? ¿Cuánto tiempo para nombrarla?

Un día, tras  una noche de lluvia, la araña que vivía en mi ventana desapareció. Pasé tanto tiempo mirándola, allí, sin hacer nada, ella y yo, que llegué a creer que siempre estaría allí. Siempre… Cómo me traiciona siempre ese “siempre”. Qué fácilmente adjudico un “siempre” a las cosas que mi corazón sabe que no duran...

Justo tras esa seda que se llevó la lluvia puedo ver la casa de Ukon-san. Es una casa, sólo una casa. Era su taller. A veces mojada por la lluvia va cambiando de color. Y yo la miro. La miro en silencio desde mi casa sin relojes.

Kōfuku-ji… Qué manera de ser yo mismo sin mí. Sumergido en este silencio de siglos he caminado a lo largo de mi vida una y otra vez. Y el viento, afuera, sin saber a dónde va, de dónde viene.

 

Caminando en silencio. Oyendo el brillo de cada cosa. De cada acontecimiento. El sordo chasquido de la calabaza que parto con el cuchillo. Esa que me regaló el prior. Tan gorda, tan llena de sí. El tenue sonido del shamisen que alguien tañe en una casa vecina. Tan tenue que se entremezcla con el sonido del viento. Entre el bambú. Oigo el sonido del agua que gotea en alguna parte, de la madera que cruje de pronto, de la sirena de un barco, del aleteo de un pájaro, de mis propios pasos, de un papel que roza otro papel… y cuando todo, todo calla, oigo el sonido de mi propio corazón. Mi corazón de niño rozando con algo… algo que no sé lo que es, que es nada, sólo brillo…

Shōnen no kokoro… corazón de niño… como a veces me llaman por aquí. Es gracioso. Basta olvidar para encontrar. Sin nombres. Sin darme cuenta he olvidado recordar los nombres de las cosas. Contemplar las cosas por primera vez siempre es asombroso. Estrenar los ojos en cada mirada, renovar la piel con todo lo que tocas. Este mundo nuevo hace nuevo mi corazón. Olvidarse, olvidarse… Soltar las manos, sin miedo, y dejarse llevar.

Me gustan los pajarillos que no tienen nombre y vienen a revolotear frente a mi ventana. Me gusta su alboroto y su pequeñez. Me gusta que un gato viejo y rechoncho se tumbe sobre el tejado de la casa de Ukon-san en los días soleados de invierno. Me gusta su tranquilidad y su elegancia. Me gusta mirar cada noche que llueve si el gran sapo ha salido una vez más a sentarse bajo la luz del farol. Me gusta su piel brillante bajo la lluvia y sus ojos muy abiertos. Me gusta ver que algunas arañas aún aguantan pase al frío. Me gusta no ver sus telas porque parece que flotan en el aire y me gustan porque se parecen a la pequeña Tecla, con sus colores brillantes, amarillo, negro, blanco… la pequeña Tecla, tan delgada ella, que se fue con la lluvia…

Cómo me gusta estar. Cómo me gusta ser.

 

Kōfuku-ji es un alcanforero, enorme, que extiende sus ramas sobre las tumbas que ascienden por la ladera de la montaña. Es ceniza. Es olor a incienso y a tierra mojada por la lluvia. Es el brillo de las hojas de ginkgo, tan amarillas, que arrastra el viento. Y el color rojo de sus templos de madera. Vigas combadas por la bomba que no pudo derribarlo. Tejas grises que apuntan al cielo, tan vacío. Tan vacío…

La lluvia que comienza de pronto a caer en plena noche. El grito de un milano que sobrevuela el río. Los papelitos con omikuji anudados a las ramas, para que la propia naturaleza transmute el porvenir. El caparazón de un imago de cigarra que una noche quedó prendido entre el bambú, y hoy, no sé por qué, cayó al suelo, junto a mi casa.

Es una flor que compré hace tiempo y se marchita en un jarroncito, sola, en el alfeizar de mi ventana. Es el sabor del té y la nostalgia de la primavera. Una mañana sin sol y el sol de la tarde entrando hasta el fondo de mi corazón.

Este lugar que es lo que no conozco... Lo que conocía y había olvidado. Este lugar que es lo que sé desde siempre.

Kōfuku-ji… es quizá sobre todo un estado del alma. De ese alma que es mi alma y todas las almas. Que va donde quiere. Que oigo tan claramente.

¿A dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Dónde naciste Tú, de lo que todo nace?

 

 

 

 

 

todo el día en silencio,

sólo el viento en el bambú

sólo el viento….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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雲仙 Unzen

 

Té y ceniza

 

 

hoy, aquí,

la ceremonia del té

y el olor del tatami...

 

Aquí, hoy. Y esta luz que brilla en el borde mi taza. Quizá es eso, la luz, esta luz, esta luz de Unzen, de las cumbres entre nubes que es lo que significa Unzen. Sí, me lo han dicho. Este lugar misterioso. Este lugar que huele a azufre y te sostiene en la cima de las montañas. De las montañas que son volcanes junto al mar. Del mar que no veo. Más allá de las nubes.

Son unos amigos de un amigo que vive junto a un profesor que vivirá en un templo. Sí. Así es. Es una casualidad, es un misterio. Es un misterio el que nos trajo aquí sobre el tatami y nos envuelve como el aire.

Ishikawa san maneja los tazones con la precisión de mil años. El cazo de madera recoge el agua caliente de la olla y la vierte en mi taza sin asa. Suena un toc sordo cuando lo deja reposar con sumo cuidado, boca abajo, sobre el borde de la olla. Cada cosa, cada no cosa, cada movimiento y su quietud tiene su nombre. Lo sé. Lo sé y ya no importa.

Mi mente se enreda en palabras que dejan de ser. Mi mente se rinde ante el rito antiguo que se recrea ante mis ojos.

Sobre mi mano izquierda sostengo el tazón fabricado en esta misma casa. El padre de la señora Ishikawa, alfarero también, Tesoro Nacional Viviente, recogía la ceniza del volcán depositada sobre las hojas de las plantas para hacer estas piezas. Miro. Lo giro ciento ochenta grados con mi mano derecha. Miro. Bebo un sorbo. Desde el fondo del tazón un brillo fugaz.

El té y su sabor amargo, sólo un instante en mi boca. El té en polvo batido que brilla verde como los lagos sulfurosos de esta tierra.

Sólo puedo contemplar este momento en el que mi corazón se asombra ante la pura elegancia de tanta sencillez.

Wabi-sabi. ¿Será eso? ¿Será que no sé nada y que simplemente me fascina?

Dejo mi taza sobre el tatami, frente a mis rodillas. Contemplo a mis pies toda la soledad de esa ceniza del volcán hecha obra de arte. Su brillo es metálico, incomprensible. Sólo el silencio. El silencio que se oye en el borboteo del agua caliente, en el viento o en su ausencia.

Rozo con mis dedos el suelo de brillante hierba entrelazada. Me demoro en ese roce terso de este suelo ni verde ni amarillo que huele a llovizna, que llega hasta el cráter hondo de mi corazón y lo conmueve. Y no entiendo por qué. Y mi mano, sin intención apenas, vuelve a mi regazo. Sobre mi otra mano, que sostiene nada.

Quizá mis compañeros estén tan sobrecogidos como yo. No lo sé. Sin moverse la tierra está temblando bajo nosotros. Nosotros, pura casualidad sobre el volcán. Asistimos a algo que no acabamos de entender. Que nos fascina quizá por eso. Que nos sobrecoge quizá por nuestra lejanía.

Bajo la mirada. Mano sobre mano, sobre mi regazo. Y arrodillado en la cumbre entre las nubes la siento. Siento ahora la lejanía de mi corazón, ceniza sobre las hojas, que no pertenece a este lugar y sin embargo… sin embargo…

 

 

borbotea el agua

en total soledad

contemplo esto

 

伊王島 Iōjima

 

Sobre la Playa

 

Sé que esto no es haibun porque lo recuerdo. Recuerdo que no es un haibun porque en un haibun no hay que recordar sino decir. Decir, recordar, vivir, callar…

Recuerdo como se llama aquella isla de la bahía de Nagasaki porque su nombre, Iojima, se parece a Iwojima, esa famosa isla de la batalla de la Segunda Guerra Mundial y tantas películas.

Iojima... Es curioso. Recuerdo el viento. Recuerdo el viento porque se enredaba, (no, esa es una palabra demasiado manida) me atravesaba, sí, el viento atravesaba mi pelo y mi cuerpo entero, me atravesaba hasta blanquear mis huesos literalmente, mientras me dejaba llevar cuesta abajo, sin pedalear, junto al acantilado. Una cuesta suave, con magnolios y kuzu a un lado y el mar y su vacío al otro.

Qué blanco parecía el horizonte allí, al final de la carretera, más allá del azul. Lo recuerdo porque un milano, oscuro, volaba justo a mi lado. No, en realidad no volaba. Planeaba, o se dejaba llevar, cuesta abajo, sin esfuerzo, justo a unos metros de mí, sobre el vacío, sobre el mar.

Recuerdo parar y sacar mi cámara. Y nada. Y pedalear. Y volver a parar, y nada, y así, así hasta desistir. Y rendirme a la gravedad de los acantilados junto al mar. Y dejarme llevar.

 

Ahora no recuerdo.

Ahora veo nuestras sombras balancearse sobre la marea que se retira. Oigo las risas de alguien que resbala en el verdín de las rocas y de otro que camina descalzo entre las lapas.

Sí, sólo debo dejarme llevar…

Todavía hoy puedo tocar el mar mientras toco el aire, y sentir la suavidad de las anémonas recogidas, muy quietas, brillantes, bajo las rocas. Y entre mis pies descalzos, aquí sobre el parqué, sentir la arena que cediendo a mis pisadas se ondulaba bajo el agua. Mis pisadas sorteando caracoles marinos. Mis fugaces pisadas entre las olas que ya se llevan las conchas vacías, tintineando, y mis huellas cargadas de arena…

Recuerdo sin recordar que el sol iba y venía sobre las olas. Y que en el fondo, en el pequeño fondo porque apenas el agua llegaba a mis tobillos, la arena dibujaba ondas bajo las olas o las olas serpenteaban sobre la arena. Y los milanos volaban sobre nosotros y nuestras risas.

Que iban y venían.

Y recuerdo nuestro silencio. Sobre todo recuerdo nuestro silencio. Nuestro silencio sobrecogido bajo las alas del milano y entre las olas de la playa. El luminoso silencio de una mañana de sol sobre el mar.

 

 

sólo las olas…

toda nuestra pureza

sobre la playa

 

Y yo ahora debería escribir un haiku, recuerdo…

 

 

 

 

 

日本からの手紙 5 nihonkara no tegami


Kumano Kodō

 

A veces, sólo a veces, uno cree un tanto pretenciosamente que ya está de vuelta de todo. Y es entonces, cuando menos lo esperas, siempre así, cuando te das cuenta de que ni siquiera habías ido.

Cuentan que por el Kumano Kodō han caminado tantos pasos que hasta el viento es ya peregrino. Monjes budistas y peregrinos shintoistas, daimyos y damas de la corte, pobres y ricos, ascetas y geishas, espíritus desencarnados y descarnados pies sobre paupérrimas sandalias. Todos buscando algo. Supongo.

Hay otros, otros que andan por andar, o buscan sin buscar. Supongo.

IMG_2722Kumano Kodō es un antiguo camino (caminos mas bien) de peregrinación que recorren la Península de Kii, en Honshu. Es un lugar montañoso y cubierto de bosques, sorprendentemente aislado del Japón industrializado y ultramoderno que nos es tan familiar. Allí se encuentran algunos de los templos, santuarios, incluso las propias montañas, mas sagrados de Japón. Kii es el corazón, el alma, del Japón mítico y secular, de la identidad espiritual y ancestral del pueblo japonés. Hace más de mil años el emperador y su corte peregrinaba por algunos de esos santuarios, en un rito de identificación y regeneración de ese espíritu mítico y divino que conforma la identidad japonesa. Después, personas de toda condición caminaron por esas rutas que se entrecruzan entre las montañas cubiertas de árboles.

Y estoy yo pensando ahora que para qué os suelto yo este rollo teniendo tan a mano como tenéis a San Google, patrón de enciclopedistas sin fronteras y manantial de sabiduría universal. Bueno, la verdad es que cuando yo me puse a mirar sobre el tema tampoco encontré mucho. Sobre todo en inglés. Pero mira tú que mi amiguiete Masu me envió unos folletos desde Japón y ¡ay de mí! que ahí comenzó mi condena. Como el bueno de Bashō que soñaba con Matsushima, caminando por riberas marinas, y sentía su espíritu como jirón de nube seducido por la voluntad del viento, así yo también comencé a pensar en Kumano y sus bosques, en sus montañas y sus cascadas.

IMG_2415Y aquí me planté. Y un día con Masu y nuestras mochilas embarcamos en el ferry que nos llevaría a Kobe. Yo cuando le vi con su palo de bambú de casi dos metros y del grosor de una señal de tráfico..... En fin. Imaginaos en el metro de Kobe y luego en Osaka (aquello es como un hormiguero de gente trajeada y con mascarilla por lo de la famosa gripe) a dos tipos con mochila y pinta de no se sabe qué y con un pedazo palo de tales características. Será que en Kii no hay bambú... pensaba yo....

Y haberlo había. Y árboles de especies de los que no sabía que existieran. Los formidables cedros y los cipreses centenarios. Y una especie de castaños de hojas enormes y pinos de cien clases diferentes. Y plantas y flores y...IMG_2454


Kumano Kodō....
No sé pero me está costando escribir esto. No sé muy bien qué contar.
Llevo aquí ya más de tres semanas y he viajado en avión y en barco, y en barca de pértiga por los canales de Yanagawa. En tren a vapor y en shinkansen. En coche y en autobús, en bici y en tranvía, en ferry... Pero me faltaba viajar andando. O sea, viajar. Porque amigos míos viajar es viajar, no ir. Y andando se viaja, y no sólo se va a algún sitio.
Porque, de hecho, ¿a dónde vas en Kumano Kodō? Dónde va un tipo como yo, un tipo que va y viene, así sin más, como jirón de nube que cede a la invitación del viento. Pensaba yo que Kumano sería algo así como el Camino de Santiago, (donde de hecho conocí a Masu) pero, pero.... No sólo es que cambies el sombrero o la gorra por el kasa (ese tipico sombrero de junco) y el bordón de avellano por una vara de bambú, es que aquí uno no tiene un destino definido. Aquí los caminos se entrecruzan. Hay peregrinos que van a un sitio y otros que van a otro. Hay algunos lugares de referencia claro pero uno a veces tiene la sensación de que se limita a subir y bajar montañas, sin más.

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Las montañas... Las montañas sobrecogedoras de Kumano. Verdes. Tan verdes en el musgo y en las hojas de los árboles, en las plantas IMG_2808sin nombre. Tan verde todo lo que la lluvia toca.
Deko boko. Arriba y abajo. Subir y bajar. (Al final vamos a acabar aprendiendo todos japonés) Sí. En el Camino de Santiago subes alguna. Pero es que esto consiste en eso. Aquí el camino busca las cumbres y las crestas. Allí moran los dioses y su palabra.
Porque aquí es la naturaleza el templo y la medida de las cosas y de los pasos.
Las columnas y arquivoltas son los troncos centenarios de los cipreses gigantescos. Y recuerdo levantar la vista y ver el cielo desintegrado entre sus ramas oscuras. Caminar envuelto en el incienso con sabor a cedro y pino, a lluvia, y sólo los ríos y arroyos que ruedan abajo, raudos, sin detenerse nunca, murmurar oraciones en lenguajes vivos.
¿Sabéis? Aquí las vidrieras las construyen las arañas y las orugas con sus sedas sólo visibles tras la lluvia. Recuerdo sentir su tacto sobre mi piel cuando caminaba al amanecer. Y el rocío atrapado en ellas. Brillando...

 

IMG_2547Bueno, bueno.....
A ver. Kōya-san. Allí nos alojamos en una hospedería de un templo. Los dos (o los tres, si contamos el bambú XL del amigo Masu) No sabía yo que los monjes se cuidaban de esa manera oye. O es que nos IMG_2571cuidaron a nosotros, no sé. Pero vamos, porque uno ha nacido giróvago que si no.... (Es broma es broma, bien lo sabéis)

Kōya-san es uno de los centros religiosos mas importantes de Japón. Dicen que hay mas de mil templos y santuarios. No sé.... Pero bueno, la verdad es que la montaña es un templo en sí misma. Y Okunoin es un cementerio gigantesco con mas de 200 000 sepulturas, panteones, santuarios..... Impresiona. Impresiona impresionarse con semejante despliegue de piedra musgosa y húmeda, y tú allí, bajo la lluvia (sí, llovía), en avenidas empedradas de siglos y flanqueadas por cedros y cipreses que no los abarcarían doce personas cogidas de las manos. Allí también están sepultadas las cenizas de los daimyo más importantes de la historia de Japón y los abades de los principales monasterios. Y el templo y panteón donde reposa Kōbō-Daishi, el fundador de la secta budista Shingon. Estatuas de Jizō, Kannon, torii, monumentos conmemorativos........ y los cipreses fragantes y silenciosos. Y la lluvia que cae sobre el musgo que todo lo cubre. Uff

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Hay algo especial cuando uno camina. Cuando comienzas el camino y sientes el peso de la mochila en la espalda, te pones el sombrero yIMG_2667 agarras el palo de bambú algo cambia dentro. Algo que no sabes muy bien cómo explicar pero que es tan contundente y real como la dureza de la tierra bajo los pies. Las cosas cambian. La importancia de las cosas quiero decir. Hay cosas que comienzan a valorarse por lo que pesan y no por lo que son, o por lo que nosotros le adjudicamos que son.
Y es que amigos, cómo pesan las cosas. Estas cosas que nos hacen la vida tan fácil y tan cómoda, (y es verdad que la hacen), cómo pesan. Uno acaba caminando con lo imprescindible (no hay más remedio) y pensando en límites temporales muy cortos: esta tarde, mañana...

IMG_2816Y la noche. Porque aquí no hay albergues de peregrinos. Lo de Kōya-san y sus lujos monástico-vegetarianos se acabó en seguida. Aquí el camino discurre en las montañas y no hay pueblos ni casas salvo en contadas ocasiones. Quizá sea esa la diferencia fundamental con el Camino de Santiago. La soledad. Creo que nos cruzamos con cuatro peregrinos en todo el viaje. Y entre nosotros no hablábamos mucho. Entre nuestro spanjanglish lamentable y que estábamos sin resuello las más de las veces el silencio peregrinaba junto a nosotros durante kilómetros.

Y bueno, la noche, a eso iba. A buscar un sitio apropiado para montar la tiendecilla de esas iglú. A veces la hierba estaba seca, a veces la lluvia estaba cubierta de hierba. Hemos montado la tienda en los sitios más insospechados que podáis imaginar. Desde un cacho de tierra durísima y pelada junto a un santuario porque no había otro sitio seco, hasta en pleno rompeolas ya en Kii-Katsura al final del viaje. Se nos hizo de noche cenando sashimi después del onsen (nos dimos el lujo como final del viaje) y se nos hizo de noche buscando una playa que de hecho no existía....

Eso sí. Dios protege la inocencia, ya lo decía mi padre, y una tarde tuvimos la inmensa suerte de ser IMG_2695acogidos por una pareja de jubilados en el jardín de su casa. Jope. En mi mochila llevo colgando la vieira santiaguera y cuando subíamos una cuesta (cómo no) junto a unas casitas con sus arrozales aterrazados pensando dónde íbamos a poder acampar una gente que había por allí nos saludó y uno de ellos dijo: Santiogo Compasutera (o algo así) Resulta que el buen señor reconoció la vieira. La señora de la casa estaba con unos amigos, y charlando con unos y con otros, bueno Masu charlaba (durante el viaje siempre sabía cuándo hablaba de mí porque no faltaban dos palabaras: "supein kara" desde España y "haiku") Debía de resultar de lo mas exótico claro. El caso es que la señora nos ofreció su jardín para que acampáramos esa noche. Estaban con unos amigos y tomamos café, no té, y hasta la señora nos dio un pastel. Y cuando apareció el marido resulta que el señor era católico (supongo que el único japonés católico en mil millas a la redonda). Ay.... Intercambiamos direcciones, hicimos fotos…

IMG_2693IMG_2703 Kashiwazaki-san y amigosIMG_2699

IMG_2705Recuerdo aquella tarde porque las golondrinas volaban tan bajo sobre los arrozales que casi podia tocarlas con la mano. Y en el cielo unas nubes apenas eran ya nubes, haciéndose cielo. Recuerdo que el sol cayó lentamente tras las montañas y Masu y yo bromeábamos animados por la suerte que habíamos tenido. Porque teníamos hierba blanda bajo la espalda y la tibieza de una noche tranquila sobre la piel. Recuerdo que sentí la necesidad de escribir una carta.

La necesidad de decirte:

-Aquí estás, porque aquí te siento, en toda esta belleza que me rodea. En este instante. En este preciso instante en el que las ranas no dejan de croar y las libélulas flotan en la brisa que toca los arrozales. Aquí estás. Aquí estás porque conmigo vas. Siempre. Porque en ti soy-.IMG_2698

Pero no escribí. Tenía el papel delante, un par de hojas del monasterio de Kōya-san, pero la noche cayó veloz sobre nosotros. Y nosotros en la hierba blanda que olía a hierba. Y ya en la tienda pensaba en las mil voces de las ranas. Todas eran diferentes. -Todo es diferente- pensé. Como el sonido del aire entre las hojas de los chopos es diferente que entre las hojas de los pinos…
A la mañana siguiente (aquí raya el alba en torno a las 4:30) recogimos la tienda sin ruido para no molestar y partimos. No miramos atrás.

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La vieira, un cascabel, la vara de bambú (en algunos santuarios importantes hay varas que peregrinos dejaron antes de volver a casa allí para que otros las usen, digamos que son varas prestadas por el propio camino, aunque no es obligatorio dejarlas y te las puedes llevar a casa) y el kasa (el sombrero de junco que me compré al inicio para regocijo de Masu pero que me vino de maravilla lo mismo para el sol que para la llovizna o para las ramas y hojas bajas del sendero). Así. Arriba y abajo. Deko boko. A veces por escaleras de peldaños medio devorados por las raíces de los arboles, a veces por meras sendas entre los árboles.

IMG_2735Y el verde. El color que lo invade todo. El bosque es tan cerrado que yo a veces no me daba cuenta de cuándo llovía o dejaba de llover. Sólo en un pequeño claro sentía las gotas sobre mi IMG_2821 sombrero y veía las hojas secas del suelo mojadas por la lluvia. Pero a veces llovía en serio. Ya lo creo que llovía. Y entonces los cangrejos salían por todas partes, en el camino, entre la hierba. Parecen de mar. Redondos y rechonchos ellos, qué majos. Pero con mala leche. Si alguien es tan pelma como yo y se empeña en jugar con ellos se llevará un buen pellizco, a fe mía que sí. Una noche la pradera donde pretendíamos acampar estaba tan mojada que los cangrejos andaban por allí a docenas, así de lado, como disimulando, como hacen ellos, y casi daba miedo plantar la tienda encima de alguno.

IMG_2747Y las ranas tan verdes y brillantes, las salamandras negras de vientre rojo y ojos como azabache, las lombrices silenciosas explorando la lluvia. Todas las criaturas que en la tierra viven pero al IMG_2790agua pertenecen acompañaban entonces nuestros pasos.
Qué bosques aquellos en los que hasta el cielo era verde. Y la montaña ascendía y ascendía hacia la siguiente montaña. Y a veces una estatua de Jizō, o una tumba, o una oración escrita en una piedra. Y siempre el musgo, las gotas de lluvia demorándose un instante en el borde las hojas antes de hacerse agua tan sólo. Y en las cumbres las nubes enredadas, deshilachándose entre los cedros y los cipreses y los mil árboles diferentes que habitan estos bosques.

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Y yo... yo haciéndome agua mientras siento que el aliento me falta mientras asciendo envuelto en esa luz verdosa. Yo sintiendo que sería musgo aquí y ahora, lluvia sobre la hierba blanda. Yo mirando la blancura deslumbrante de las flores que tiemblan a mi paso. Yo sin ser yo en la senda infinita que hilvana vertientes y crestea montañas sostenida tan sólo por las raíces de los árboles.

IMG_2767Sin aliento. Sólo un paso. Un paso más. Siempre habrá un paso más, uno más allá. Cada paso es un acontecimiento, ahora si. Y el cascabel suena, incansable. IMG_2768A cada paso, en cada uno de mis latidos que resuenan aquí, entre los árboles, y se pierden haciéndose silencio. Su tintineo puro me recuerda quién soy. Podría morir aquí y ahora envuelto en esta belleza que me asfixia y ni siquiera me daría cuenta.
Y en la cumbre siempre las mariposas y las libélulas. Es curioso. Libélulas. Aquí. Qué buscarán ellas peregrinando hasta aquí. Qué misterios. Y después de nuevo a bajar. Al valle, al río, a la siguiente pendiente.

Un día que llovió toda la tarde pasamos por un lugar extraño con unas inscripciones que parecían señalar un desvío. Yo no entiendo los kanji así que le pregunté a Masu. Me dijo algo de un cementerio antiguo. Recuerdo el silencio que sonó en ese momento. Yo sabía que él no iría. Me lo decía su mirada. Él sabía que yo iría. Me conoce ya lo suficiente. Crucé el cauce seco de un río, a veces cruzar un cauce seco es muy importante, lo entendí entonces. El cauce seco estaba mojado por la lluvia. Caminé por una vegetación espesa que me llenó de agua la ropa casi inmediatamente. La senda desapareció. La verdad es que el lugar imponía. Yo no veía las haka budistas por ningún lado. Continué. Una pasarela musgosa y llena de verdín atravesaba un arroyo. Busqué un sitio para saltar el arroyo porque me dije a mí mismo que yo allí no ponía un pie. En la otra orilla la ladera se empinaba y los árboles se retorcían oscuros. Eran poco mas de las tres y parecía que anochecía, lo juro.
Yo no soy supersticioso pero si los fantasmas existen a fe mía que allí habitaban. ¿Sugestión? No sé. Pero juro que el bosque respiraba y palpitaba junto a mí. Y me contemplaba. Me sentía un intruso allí. Y la lluvia sobre mi chubasquero no dejaba de repiquetear. Aquella lluvia tan fina…

Cuando volví junto a Masu me preguntó si había visto algo. Nunca le pregunté si era sólo al cementerio a lo que se refería.


IMG_2894Uf, como me lío. Bueno. Pues sí, al final llegamos a Kumano Hongū Taisha, un santuario fundamental en el shintoismo japonés y con un torii gigantesco sobre los arrozales. Pero nosotros que somos así, pues seguimos a Nachi Taisha. Alli aparte de un santuario shinto y un templo budista hay una cascada impresionante, la más alta de Japón, y quizá la más bella que yo haya visto.

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IMG_2902Así que desde los arrozales cuajados de renacuajos ascendimos hasta la montaña de Nachi Taisha. Y los arboles, las flores, las mariposas.....
A veces recuerdo que pensaba "¿será siempre la misma mariposa?" Siempre cuando ascendía por las montañas, siempre a mi izquierda, siempre de esa especie que sólo he visto aquí, negra, IMG_2756enorme, con los bordes de las alas blancos y rojos. Siempre hermosa sobre el aire que no pesa, ajena a las cosas que hacen la vida tan fácil porque ella misma es la facilidad de la vida, su sencillez natural y pura.
Y a veces pensaba que pensaba "¿será siempre el mismo peregrino?" Siempre ascendiendo montañas, siempre a mi derecha, siempre de ese tipo tan raro que sólo he visto aquí, con su bambú y su sombrero de junto, con su vieira. Siempre con ese cascabel que tintinea con un sonido puro y bello, ajeno a las palabras, al tiempo y a la tristeza. Porque es paz lo que aquí hay, y suena y flota en el aire.


Kumano Kodō. Camino hacia lo mas profundo de uno mismo. Hasta tocar las cumbres donde reconocer lo que uno es. Lo que uno es siempre y a cada paso. Donde las libélulas vuelan sin que sepamos por qué, sin que sepamos lo que buscan.
Y allí, al fin, el agua que bajó de las montañas, que fue nube y mar, y lluvia y arroyo y río, se precipita al vacío. El ruido es ensordecedor en el silencio que inunda el mundo. Y allí, al fin, yo que fui sendero y musgo, yo que fui cansancio y dolor, y alegría y paz, me precipito silencioso en el ruido atronador que inunda el vacío de mi alma. Y contemplo.

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Volver a Osaka fue un shock. Andábamos medio renqueantes y agujetosos. A Masu le dolía la espalda así que el hombre parecía el IMG_3041hombre del saco caminando con la mochila. Su pértiga de bambú la perdió en el bus así que éramos dos de nuevo. Yo podía haberme llevado la mía de recuero pero preferí que se quedara peregrinando eternamente, la eternidad asignada al bambú quiero decir, por las montañas que le dieron la vida y a mí los pasos. Antes, sin embargo, corté con mi navaja suiza un pequeño anillo de su extremo para que continúe acompañando mi peregrinar.
Bueno, pues en los subterráneos de Osaka nos perdimos (sí, así como suena) porque eso es para verlo. Hay no sé cuántas plantas bajo las estaciones de ferrocarril y metro. Cascadas de agua, éstas artificiales claro, que no se sabe desde dónde salen pero aterrizan en una -3ª planta. Sé de ciudades que son mucho mas pequeñas que aquello, y con la décima parte de gente de la que se mueve por allí. Hay toda clase de comercios, restaurantes, grandes almacenes...... Y cuando sales fuera monorraíles sin conductor que atraviesan edificios (sí, de parte a parte) a la altura de un 6º piso, o ascensores de esos en el exterior que suben como un cohete de cristal ni se sabe donde.


Masu y yo, mientras tomábamos un café en su casa, ya de regreso, sentados en unas sillas, estábamos bastante silenciosos. A veces uno hablaba del rumor de las olas en Kii-Katsura, toda la noche, y las luciérnagas junto al mar... Y luego el otro hablaba del extraño espantapájaros automático y casero de los arrozales.... Y el otro después, de aquella noche en que llovía y nos dolía la espalda sobre el suelo duro pero cantó el hototogisu y nosotros le imitábamos como niños que pasan el rato jugando sin más.... Y de aquellos ciervos que huyeron cuando nosotros aparecimos de entre la espesura.... O de aquellas flores tan blancas de nombre desconocido que jalonaban un valle lleno de helechos.... Recuerdo cómo brillaban bajo la lluvia.... Sí, lo recuerdo bien....

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Y ahora, de nuevo en Kumamoto. Junto al pequeño Gouda (uno de esos perritos electrónicos AIBO de Sony que hasta aprendían cosas) que ahora yace sin batería despatarrado bajo la tele. La máquina que prepara automáticamente el arroz mañana por la mañana ya está programada. En la entrada un vasito con sal para que no entren los malos espíritus... Sí, esto es Japón…
Y en el balcón la noche sobre el mundo. El mundo que gira.


Y bueno.... Andar por andar, buscar sin buscar. Yo para volver a mí, a ti, tuve que ir. Aunque desde siempre supe, el siempre asignado a los seres humanos quiero decir, que a ti volvería. Desde que era niño, sabía ya entonces sin saber, que a ti había de volver, que te buscaba sin buscar, que en ti me encontraría.

Lluvia sobre la lluvia, lluvia que cae sobre el río, lluvia sobre la lluvia que fue. Agua en el agua. Yo, tú. Tú, yo. Aquí estás, en este preciso instante, en el que en ti soy.

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